O l a s C i v i l e s

CRÍTICA

OLAS CIVILES
My Journal
DIA DE LOS MUERTOS 2009
LA CAMPANA DE DOLORES
DÍA DE LOS MUERTOS
CALAVERAS 2009
EL BICENTENARIO
EL CENTENARIO
INVITADOS ESPECIALES
CONTACTO

Las fiestas del Centenario

texto, foto y diseño de María Dolores Bolívar

Mislibros/CentenarioHidalgo.jpg

Hoy por cabezas no queda
La violencia está que arde
Pregunto ¿por qué no ruedan
las de los grandes cobardes?

Primer paréntesis

[El programa de festejos del primer Centenario de la Independencia de México, en 1910, fue elaborado por una Junta Patriótica constituida con ese fin. El tiempo invertido en tan generosa celebración revela, a la distancia, la esquizofrenia que aquejaba al régimen porfirista que, justo en su ocaso, se creía en la cúspide del poder. Diseñadas para ser tributo multitudinario al país independiente, aquellas fiestas preludiaron un prolongado sismo político.]

Segundo paréntesis

[Gaviota va la pregunta;
¿que cien años mal no dura?
Tan sabia conseja insulta
Pues doscientos acá apura.]

Cien años de próceres y proezas

Las glamorosas fiestas del Centenario, hace un siglo, comprendieron desfiles, conferencias, veladas literarias, concursos de poesía, evocación de próceres, ceremonias y actos teatrales, biografías y monografías que dieron forma a la narrativa que hoy nos sigue concerniente a los padres de la patria. Vista desde el 2010, aquella magna celebración constituyó el antecedente del México que llenaría nuestras infancias de concursos de declamación, fiestas, honores a la bandera y otros cien años de próceres y proezas cuya grandeza estriba, a pesar del tiempo, en haberlos amasado en el más resistente y reminiscente de todos los nacionalismos… el nacionalismo a la mexicana.

 

La perpetuación en el poder de una sola figura presidencial, por treinta años, sería sustituida por un partido en el poder, durante setenta. Hoy, al calor de una alternancia que a menudo desborda en “desgobernanza”, vuelve a debatirse la reelección para munícipes, representantes y gobernadores. Con ello, el presente político se declara de nuevo incapaz de lidiar democráticamente con las facciones ¿como en los tiempos de Santa Anna? ¿Aquellos mismos que Díaz quiso hacernos creer que conjuraba con su reeleccionismo y su fórmula de pax porfiriana?

 

Las fiestas del Centenario se planearon con pompa y fasto para llevar a la calle y los salones -en tercera dimensión- al México moderno. El personaje principal –tal vez debiera decir el único- era Porfirio Díaz. Por propósito explícito, se tuvo el de resaltar su figura presidencial, cerebro y mano insustituibles de su régimen autoritario. Obsesionado con el poder, Díaz parecía haber comprendido que no sería eterno, sin embargo, lejos de imaginar su sucesión, empeñaba su astucia en eliminar a cualquiera que pudiese aspirar a tomar su lugar. El más notable fue el secretario de hacienda José Ives Limantour, quien por esas fechas se hallaba en Europa, realizando gestiones financieras. En realidad, nada lastimaba más al dictador que el verse imposibilitado de desafiar a la vejez. Con ochenta y cinco años, cinco que constituyeron su exilio en París, Díaz no cumplió su propio centenario –fallecido el 2 de julio de 1915-.

Campanita de Dolores
Tocaya échate a volar

Gritemos juntos señores
No hay nada que festejar

Inauguraciones

Una larga lista de inauguraciones - El Teatro Nacional (conocido hoy como Palacio de las Bellas Artes), la estación sismológica de Tacubaya, la fábrica de pólvora, el parque Obrero, el edificio de la Asociación Cristiana de Jóvenes, el Palacio del Correo, el Palacio Legislativo, la Cárcel General, los edificios de la Cámara de Diputados, la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, la Escuela Nacional Primaria Industrial para Niñas Corregidora de Querétaro, la Escuela Normal de Maestros, La Escuela Nacional de Altos Estudios, la Universidad Nacional de México y la Primera Escuela Técnica Ferrocarrilera- ocupó las energías de la junta patriótica.  


Pero tan profusa inauguración de obras materiales incluyó de manera estelar la columna de la Independencia (Antonio Rivas Mercado) –El ángel, y el Hemiciclo a Juárez (Guillermo de Heredia) y el Manicomio General, más conocido como La Castañeda. En el extremo opuesto de lo que quiso representar la columna de Rivas Mercado, La Castañeda –construida paradójicamente en los terrenos de una antigua hacienda- aporta una importante marca cultural de aquellos tiempos revueltos. Yo la recuerdo ya en sus días de decrepitud, sobre Mixcoac, al fondo de un caminito cuya arbolada seca oscurecía el acceso a sus veinticuatro edificios y dos pabellones ya casi derruidos. Para las generaciones actuales aquel edificio, que el tiempo convirtió en un despojo, no significa casi nada. Las barreras entre la locura y la salud mental parecen haber caído… algo que habría intrigado a quien imaginó a La Castañeda, no ya como el símbolo de una sociedad que ofrecería a sus locos las instalaciones modernas más avanzadas de la psiquiatría… sino cual emblema de un país desquiciado, aquejado de violencia y crimen y corrupción.

 

Yo crecí en ese México de las inauguraciones y acudí a varias, constatando, incluso, el proceso regenerativo que las recicla o enteras o en partes –hoy el frontispicio, mañana el patio lateral, luego una sala o dos, remodeladas, el pórtico, la planta alta o la develación de una placa. Inaugurar es un acto tan cotidiano como respirar o ir al trabajo. Yo inauguro, tú inauguras, nosotros inauguramos. En el presente se inauguran, incluso, los proyectos. Los gobernadores de hoy han dado con una mina millonaria -la inauguración virtual que no es otra cosa que la presentación con rueda de prensa de lo que será cuando aparezcan los inversionistas, cuando los fondos fluyan, cuando se cumpla el plan, cuando se logre la permanencia en el poder en pos de la continuidad, cuando el país mejore, cuando repunte el flujo de las remesas…- ¿¡Qué nos falta!?

Los diablitos andan sueltos
Animando este festejo
De conciencia carga un muerto
Quien no se mira al espejo

Justicia y paz

Para la glamorosa primera década del milenio, la pila bautismal de don Miguel Hidalgo fue trasladada desde Cuitzeo de Abasolo, Michoacán, hasta el Museo Nacional. No fueron pocas las manifestaciones en honor de José María Morelos, Leona Vicario, Josefa Ortiz -la Corregidora-, Benito Juárez, y los niños héroes del 47.

 

Hidalgo reapareció cuál ánima, coronado por la mano de una arrogante mujer que representaba/corporeizaba a la Patria. A sus lados, dos bustos, completando la triada patriótica -el Benemérito Juárez y el general Díaz- enseñoreaban la más universal de las consignas, aquel dictum de palabra que todavía no significaba casi nada para los más por la justicia y por la paz.


Los Díaz ofrecieron tés, comidas campestres y al baile de gala en Palacio Nacional asistieron más de ocho mil personas. Las delegaciones diplomáticas de 32 naciones, simbolizadas en otro gran desfile de personalidades que llegaron por barco al puerto de Veracruz, fueron recibidas con honores militares. En la residencia de don Guillermo Landa y Escandón se hospedó el marqués de Polavieja y Nicaragua había gestionado la participación del poeta Rubén Darío, quien de último momento anunció que no llegaría.


Mediante música y banquetes se resaltaba el prodigio de la independencia en un enorme entramado que quiso ser a la vez escenario y escaparate de la grandeza de México. Proliferaron las kermeses (fiesta popular modelada a partir de la francesa kermesse), las procesiones de antorchas, los circos, el cine de novedosas vistas recién llegado al país, las carreras a pie y en sacos, los fuegos artificiales, los bailes, las serenatas, los combates florales y de confeti, las funciones de acróbatas y el reparto -a diestra y siniestra- de ropa y comida a niños pobres.

 
El 31 de mayo de 1911 Díaz dejó el país para siempre, obligado a renunciar y salir al exilio en un crucero a vapor de la Hamburg Amerika Line, llamado Ipiranga. Antes de tomar la ruta del exilio fue huésped por cuatro días en la casa del representante de la compañía inglesa Pearson & Son. Como hoy que obviamos la representación del México bronco en aras de un México peinado y mejorado vía la cirugía plástica y la sustitución de bonitos por feos, la escena pública en aquellos años diez desdecía en todo al México de la escena privada. Para los mexicanos en el poder la modernidad iba aparejada con la europeización algo que se tradujo, incluso, en el blanqueamiento de la piel (una de las obsesiones de Díaz).

Centenario…

Durante años recorrí la Avenida Centenario como parte de mi rutina diaria. Centenario corría paralela a mi calle, Aldama y, en su proximidad, regía los sonidos que se colaban por la ventana de mi cuarto –una sirena, el primer autobús matutino, un claxon impaciente-. En Centenario tomaba la pesera  -en aquellos tiempos iba por los diecisiete pesos- que me llevaba a la Ibero o a Milpa Alta; en Centenario vendían los mejores tamales en hoja de plátano; por Centenario corría para llegar a la hora en que salía el pan calientito en la Panadería Las Américas; por Centenario tomaba para caminar al centro de Coyoacán, donde solía hacer el setenta por ciento de mis actividades diarias.  


Otra memoria que me viene a la mente es cuán codiciados eran los centenarios en oro, con su columna de la independencia… pero pocos saben que no se acuñaron, como se había previsto, en 1910, sino hasta 1921. Simbolizan el prolongado paréntesis que ocurrió al tiempo en que el país se desangraba en guerra civil. Para quienes la vivieron, la revolución pareció interminable… “¡Toda mi infancia!” decía mi abuela Eloisa cuando lanzaba a su interlocutor las muchísimas anécdotas que su memoria conservó, ella que nació en 1905 y vivió para contar, en primera persona, la violencia desencadenada alrededor de su casa ubicada en el centro histórico, afectando en primera persona también a sus padres, tíos, abuelos. Su existencia transcurrió, hasta su muerte, al margen de los registros civiles visto que su acta de nacimiento se quemó, por el mismo motivo, condenándola a una existencia sin documentos que padeció como muchos de su generación.

¿No hay mal que cien años dure?
Preguntó Leyva a un juglar

Amigo usted no se apure

Esta historia va a cambiar...

Efemérides del Bicentenario y Centenario (O la lógica de los héroes que presupone un mundo de buenos y malos…

Por el callerío ya corren
De tepache los jarritos
¡Ay Azuela! Se descorren
Muy sucios esos trapitos

[Antes de que se “consumara” la independencia que dio origen a la nación mexicana habían muerto ya sus próceres.] 


Miguel Hidalgo
  capturado el 21 de marzo de 1811 fue fusilado el 30 de julio de 1811 en Chihuahua, a los 48 años. Su cabeza fue trasladada de Chihuahua a Guanajuato en una macabra procesión y colgó expuesta en una jaula de una esquina del techo de la Alhóndiga de Granaditas, como escarmiento para otros insurgentes mexicanos.

 

Mariano Jiménez, Ignacio Allende y Juan Aldama – respectivamente a la edad de 30, 42 y 47 años, fueron fusilados por las fuerzas realistas el 26 de junio de 1811. Decapitados luego de ser fusilados, sus cabezas fueron también colocadas en jaulas que ocuparon las otras tres esquinas de la Alhóndiga, al igual que ocurrió con Hidalgo.  

 

José María Morelos, murió ejecutado “por traición” el 22 de diciembre de 1815, a los cuarenta años, siendo la cabeza de la insurrección por la independencia de México.

 [Al cierre de la década de los veinte habían muerto todos los protagonistas de la revolución de 1910]. 


Francisco I Madero
murió asesinado el 22 de febrero de 1913, a los cuarenta años.

 

Emiliano Zapata murió asesinado el 10 de abril de 1919, a los cuarenta años.

 

Francisco Villa (Doroteo Arango) murió asesinado el 20 de julio de 1923, a los 45 años.

 

Felipe Ángeles fue ejecutado en Chihuahua, el 26 de noviembre de 1919, a los 59 años.

 

Ricardo Flores Magón murió en la prisión de Leavenworth, Kansas, en 1922, antes de cumplir cincuenta años.

 

Álvaro Obregón murió asesinado a los 48 años, en el banquete que se ofreció para celebrar su triunfo electoral, reeleccionista, el 17 de julio de 1928, en el restaurante "La Bombilla", en San Ángel, hoy delegación Álvaro Obregón. Recibió tres balazos en el rostro. Obregón había perdido su mano derecha en una batalla contra las huestes villistas –La Batalla de Celaya-, en 1915. Expuesta durante más de setenta años, desde 1928, en el monumento dedicado a su memoria, desapareció en 1999, sin quedar rastro de ella. ¿Cremada? ¿Enterrada? ¿Arrumbada? No se sabe. En su lugar luce ahora un medio brazo esculpido y las frases grandilocuentes, para la historia, que lo elevan, pretenciosa e inmerecidamente, al nivel de Bolivar y de Morelos.

Ya la mano de Obregón
Manotea desaforada
Con ella cargó un cabrón
Que se dio a la desbandada

Porfirio Díaz, murió a los 85 años en julio 2 de 1915 en París.

 

El círculo parece que cobra racionalidad al observar quiénes vivieron y quiénes y cómo murieron. Con pocas excepciones, los personajes que constituyeron la clase política del México moderno habían fallecido para la segunda década de su siglo y notoriamente, antes de cumplir cincuenta, en su mayoría… Tal vez esto pruebe que, pese a una reiterada obsesión centenarista, la historia es todo menos el proceso lineal que va a dar con un esquema de fechas, nombres y registros (si no pregúntenselo a mi abuelita).

¿Y La Adelita? Me cuentan
que se fue pa’l otro lado
viajó con una irredenta
cuadrilla de renombrados
 
Tóquenme el rascapetate
Que la Chui cante en inglés
Pa’ California nos vamos
En Chihuahuense a las tres

¿Donde quedó aquel político
Que tuvo fama de hampón?
Los de hoy se quedan cortitos
hamponcitos del montón


"Miré las casas vacías; las puertas desportilladas, invadidas de yerba.
¿Cómo me dijo aquel fulano que se llamaba esta yerba?
"La capitana, señor. Una plaga que nomás espera que se vaya la gente para invadir las casas..." 

Pedro Páramo/Juan Rulfo
 

"Ya lo creo que volveré, para buscar entre los puestos del Arroyo al merolico que me vendió corteza del Perú, esa con la que se elabora el bálsamo; buena para sanar los dolores y el ansia. Tal vez en ella esté el antídoto que nos está haciendo falta."
 


"El día sin su noche"/Zacatecas polvo y luz
 

All texts and designs on these pages are the property of María Dolores Bolívar unless otherwise specified. Protect intellectual property. Ask about the origin of all creative work. Do not reproduce without express permission.

©