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Las ciudades, como las personas, asumen un papel en nuestras vidas.
Y ya subidos a ese imaginario tren que nos conduce a todas partes, entramos en ellas, como en las fantasías. Imaginar
el rumbo parece más fácil de atrás para adelante que en el sentido inverso. No, nada de lo vivido hoy
tendría sentido para ninguno de nosotros, los involucrados, si hubiéramos tenido que inventarlo. La vida es
mucho más creativa, mucho más mágica, mucho más insólita y sorpresiva que nuestra imaginación.
¡Como si fuese la mejor novela!
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De Camino
La vida es una montaña rusa
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Viajamos de mañanita, dispuestos a batir record y
a pesar de la desvelada. Nos dieron las siete de camino a Fallbrook, así que nos propusimos no parar hasta llegar,
de menos, a Ventura. ¡Y lo cumplimos! No soy amiga de las altas velocidades así que entre el terror que
me produjo mi hijo/piloto y la emoción del viaje preferí entrar en la dimensión de las imágenes. Comencé
con los campos de lechuga y algunos ralos viñedos que denotaban la sequía -más de un año
sin agua-. De desayuno comimos las galletas de chocolate y menta que nos dio la mamá de Taylor. Al llegar
al mero norte de Los Ángeles comimos una hamburguesa. A partir de entonces el camino se volvió ese encuentro
familiar con mi desierto. La vastedad, la calidez nos envolvieron de manera mágica. Siempre olvido anotar
lo que me gustan estas planicies bordeadas de montañas lejanísimas; kilómetros y kilómetros de
terreno cuya monotonía sólo se compensa con el reto de descubrir su diversidad, su sutil colorido. Mi
propio hito fue ese encuentro con molinos al cabo de los viñedos, las mandarinas, la cebolla. Al mover sus aspas, esos
gigantes parecían bailar y, así, a paso de baile, se perdieron luego, en hilerita, por entre las montañas.
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Al otro lado del puente dejamos atrás al Bart, que
parecía jugar a las carreras con nosotros. Entramos, como si a otra dimensión, en el ritmo de las calles
del centro de San Francisco. "Da vuelta para acá, no, para acá, ¿qué no vas en las vías
del trolebús...?" Ahora era yo la que iba al volante. La calle 24 fue nuestro epicentro temporal. Al cabo
de dos vueltas buscando donde dejar el coche, me quedé congelada, a punto de pegarle a un auto pues la reversa
no quería entrar. Recordé aquellos días de mi vocho sobre Reforma, cuando apenas aprendía a manejar.
Hay un instante en que el número de la casa y el camellón de la Dolores -¿era Mision?- me llevan
a despegar por rumbos que asumí olvidados. Acá el estilo es victoriano... Aquella casa... ¿era Art Deco? Aterrizo
de nuevo en la maniobra del freno y el acelerador. ¡Vaya con ese crucero de estilos, tiempos y camellones
con árboles... ! En inglés montaña rusa se dice roller coaster. Sí, sí,
un trenecillo que se aventura de arriba abajo por la estructura hecha de cuestas y precipicios. Así me pareció
la vida de pronto, inexplicablemente sorpresiva, un verdadero subibaja. Los encuentros, las vueltas, los giros inesperados abandonaron
la ficción para volverse, momentáneamente, la tira narrativa de esta historia de trenes y de tiempos...
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"El Trochis Mochis de la vida, Chava"
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Afuera, en ese otro tiempo de los relojes, aún
sin sol el paisaje parecía espléndido. Adentro,
las palabras se amontonaron, cargadas de sentidos y de recuerdos. ¡Uy! La amistad es así. Toma por atajos, da
vueltas, se extravía por rumbos desconocidos, y luego propicia rencuentros, como si nada... Hoy tuve ganas de preguntar,
de preguntarme, cómo se empieza a contar veintitantos años, o cinco... o veinticuatro y cinco, en menos
de 48 horas. Por hoy, la historia comienza así,
de camino a Santa Clara, en un juego de niños que busca ciudades con la primera letra de la primera placa
que ves. "Ciudad con X" "Mmmmm... a ver..." Y con aquel paisaje y aquel hospitalario Gavilán
que posó para mí, más de cinco minutos, fuimos a dar de frente con aquella estructura majestuosa... y
con ella a ese otro tiempo de vueltas del laberinto de Sarah. Vaya con la alegoría de cuartos condenados y de
puertas tapiadas. A la noche tendremos que beber un vino en cualquier parte, de preferencia cantando una de mis dos favoritas:
La Entalladita o Puño de tierra. (Al final fue Puño de tierra, con un cantante al que olvidé preguntarle
su origen.) Todo el camino de regreso me lamenté no haberlo hecho. Apostaría a que era zacatecano y que por
eso no tuvo "Cama de piedra" en su repertorio. En otra vida menos austera (tal vez quiero decir más regalada
y relajada que ésta) iré de nuevo a Zacatecas y volveré a cantar, a voz en cuello, en la plaza
de Jerez, acompañada de una banda.
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Al final del día la vida es un espejo...
Se llegó el momento de palpar ese tiempo de excesos,
con sus enigmas y sus puertas condenadas. Ey, Sarah, subimos y bajamos los caminos que recorriste en tu fanática ansiedad
por descifrar el interior de tus espejos...
Y sí, el icono de hoy es los espejos o los reflejos, como más te guste. Serenos, acusadores,
reconfortantes, son nuestros mediadores, nuestros jueces, nuestros amigos. A ellos van a dar nuestros secretos y nuestras
intenciones, como que no quiere la cosa. "Los espejos hablan..." Con esa frase corta y contundente nos asustaba
Laura, aquella trabajadora de mi casa que contaba cuentos casi como una segunda naturaleza. Cuando leí el cuento de
Amparo Dávila donde era necesario cubrir los espejos para evitar que nos atormentaran, de noche, comprendí aquel
respeto que me inspiran ellos, poseedores de nuestros rostros más íntimos, de nuestras confesiones más
extremas. Estan vivos, de segurito. Podrían ejercer sobre nosotros un poder muy parecido al de los retratos. ¡Acabo
de caer en la cuenta de que en la casa Winchester casi no había retratos. ¡Por eso los espejos!
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Y cae el sol...
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Y si en alguna parte el tiempo se hace el perdedizo, o nos
parece que retoma el curso de la inmovilidad, he aquí esta sección de la California. Desde Paso de Robles se había
esfumado el ruido, el tiempo había asumido un ritmo distinto. Me detuve en un pequeño cementerio
al borde del camino, rumbo a San Juan Bautista. Cruces blancas, sencillas; nombres familiares, como de esa otra historia a
la que estaba a punto de recuperar. Igual que si estuviese en una película sólo pude escuchar
el canto de los pajaros. Era un canto melódico, armonioso. ¿Cómo no iba a llegar hasta este pueblo donde
el tiempo parece no haber trasncurrido como en el resto de estos acelerados territorios? Junto a la cruz de una mujer nacida
en Italia hice un giro de 360 grados imaginando que miraba la tierra que los californios perdieron para siempre. "Hasta
donde alcance la vista", me dije. ¡Eso! Tal vez de ahí nos venga esa sensación de tenedores
de actas de la libertad, sin cortapisas... ¡Quizás...!
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